En Brasil utilizan mucho el término "a gente" para referirse a lo humano y colectivo, como aquí "la gente": la gente consume demasiado, la gente se divierte o la gente va como loca. Sin embargo hay una gran diferencia entre los brasileños y nosotros, los españoles, a la hora de emplear la palabra en cuestión y es que ellos se incluyen en el término al hablar y nosotros nos excluimos, es decir, que en Brasil cuando alguien se refiere a la gente, se incorpora también a sí mismo, se hace copartícipe, carga con su parte de culpa o de responsabilidad, mientras que aquí nos ponemos fuera, y nos otorgamos el papel de jueces capaces de cierta imparcialidad y objetividad, como si el que habla no fuera parte de esa gente de la que habla.
Es curioso como la forma de hablar define a quien habla. ¿se han parado a pensarlo?. En otras culturas, como en la norteamericana, la tendencia es a poner un adjetivo que identifique a la gente de la que se habla y así definirla dentro de un orden ya preestablecido: los buenos o los malos, ganadores o perdedores, etcétera. Todos, en definitiva nos referimos al otro, a los otros, que son aquellos en quienes nos miramos, aquellos a quienes vemos distintos, ya sea para bien o para mal, son aquellos con quienes nos comparamos y medimos, en altura, en tez, en cultura, en conocimientos, en capacidad, en hábitos, en vicios, o en la forma de llevar la vida. Son, en fin, esos que nos son tan necesarios para convertirnos en quienes somos, porque al fin y al cabo somos quienes somos en tanto en cuanto no somos como otros, o sí, o respecto a otros, o con otros.
Si esto es así, aquel que es dueño de sí mismo y de sus representaciones, es decir, de su mundo interior y de cómo este se manifiesta hacia el exterior, tiene más posibilidades de llevar una vida plena, más feliz, más dueña y singular, que alguien que se encuentre a merced del azar, o peor incluso, de teorías equivocadas o de fulanos con vocación de organizar la vida a otros para no mirarse las suyas.
Los otros se convierten así en nuestros espejos, en las distintas formas en las que nos reconocemos a nosotros mismos, o quizás sería mejor decir que nos adivinamos. Resulta curioso observar como la tendencia actual, moderna, nos empuja a no llamar mucho la atención, a no sobresalir, lo que significa en realidad que debemos parecernos más los unos a los otros y también a los de más allá. Hay una gran inercia en este sentido que arroya de forma cruel a quienes se resisten. Siendo todos iguales pasamos más desapercibidos, y tal vez los que sobresalen lo hacen más con menos esfuerzo..
Hablando de nuestra realidad más inmediata sirve utilizar el ejemplo de que hoy día solo el diez por ciento de los castellanohablantes, o dicho de otra manera, personas que hablen el idioma de Cervantes, son oriundas de España. Solo en la República de México nuestra lengua cuenta con el doble de usuarios que en el reino de España, lo que nos da una idea de la dimensión de nuestra lengua común, que es al fin y al cabo la máxima forma de expresión de una cultura, la nuestra, la que compartimos a pesar de las muchas diferencias a este y al otro lado del Atlántico, los unos y los otros de aquí y de allá.
Comprender esto nos otorga una perspectiva mucho más interesante del mundo que el chovinismo cerril de quien se empeña en atrincherarse en su aldea y convertir en extraño y enemigo a todo el que venga de fuera, aunque se le parezca más de lo que le gustaría.