La vida es confusa y vertiginosa pero vivir lo que se dice vivir solo se hace sin red, día a día, decisión tras decisión, momento a momento. Y aunque el miedo al miedo, el miedo a equivocarnos, o el miedo a sentirnos desanclados y extraños nos confunde a cada paso con sus cantos de sirenas, creo que estaremos todos de acuerdo, queridos lectores, en que mantenerse vivo, sobrevivir, da muchas más fatigas que dejarse morir y requiere además de los cinco sentidos y de mucha generosidad por nuestra parte. Lo contrario sería, no obstante, estar muerto, muerto en vida, vegetal, ausente, desperdiciado.
Quizás es por esta obviedad tan rotunda por lo que algunos sufrimos angustias existenciales periódicas y profundizamos en el sentido de todo esto, en el qué y en los por qué. Pero el caso, y esto es lo importante a mi juicio, es que hay demasiada gente, y digo gente en el sentido más amplio de la palabra, que ni siquiera alcanza a plantearse esto de lo que hablamos, si acaso añoran el poder planteárselo algún día al calor de una hoguera o simplemente mientras saborean un buen helado o una cerveza fría en una terracita a la vera del mar, tal y como han visto hacer alguna vez gracias a la tele parabólica.
Son aquellos, los desheredados, que viven tan al día, o mejor dicho, tan al segundo, tan atados a las necesidades más esenciales y rodeados de tanta ausencia que no tienen tiempo de reflexionar, de abstraerse, de planificar. Hablo de aquellos que sobreviven en medio de un mundo miseriento en el que buscar algo que llevarse a la boca es la gran y única misión del día, donde te dan un machetazo por menos de nada, te cortan las orejas como castigo por oír demasiado y te quedas sin lengua, literalmente hablando, solo por hablar con quien no debes. En estos lugares equivocarse cuesta la muerte, no hay segundas oportunidades, y la vida no vale nada porque cualquiera te la puede quitar, cualquiera. En estos lugares no hay esperanza que es lo último que debería desaparecer del horizonte de cualquier ser humano porque sin esperanza no somos nadie. Hablo de lugares como Liberia o Sierra Leona, es decir, aquí al lado, como quien dice, y de donde vienen huyendo muchos de los que arriban en pateras a Las costas canarias o andaluzas tras un viaje bíblico a través del desierto y el mar.
Esta reflexión viene muy a cuento en estos momentos que nos toca vivir, una época en la que muchos parecen encontrarse aturdidos, sin reflejos, en la que nos cuesta reaccionar ante lo obvio, lo evidente, y sin embargo nos enfrascamos en argumentaciones de lo más cínicas para disfrazar nuestra parálisis. La gran cuestión de esta época parece ser el cómo distinguir entre lo que carece de importancia y un pequeño detalle quizás fundamental. Recuerdo que hace ya algún tiempo un buen amigo que ya por aquel entonces peinaba canas, de esos que uno encuentra siempre por casualidad y le cambian la vida, o mejor dicho, la forma de vivirla, defendía y argumentaba una tesis sobre lo importante de aplicar en todos los razonamientos tres principios: el de indeterminación, el de autoestima y el de relatividad. Más o menos creo que quería decir que todo, absolutamente todo, es relativo y que además el observador influye siempre por fuerza y aunque no quiera en los resultados de cualquier acción, experimento u observación, cosa que no tiene por que ser negativa, pero que seguro que no es absoluta. Eso seguro.
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